Hay personajes que pertenecen a su tiempo. Y hay otros que terminan perteneciendo a la historia. Lionel Messi ya dejó de ser solamente un futbolista extraordinario para convertirse en un patrimonio universal del deporte, aunque quizás nosotros, sus contemporáneos, todavía no logremos dimensionarlo.
Porque convivimos con él. Lo vemos cada fin de semana, cada vez que se pone la camiseta argentina. Nos acostumbramos a que rompa récords, a que bata marcas que parecían imposibles y a que transforme en rutina aquello que para cualquier otro jugador sería una excepción irrepetible.
La historia suele ser injusta con quienes la escriben en tiempo real. Recién cuando pasan los años aparece la verdadera dimensión de los protagonistas. Sucedió con Alfredo Di Stéfano, con Pelé, con Diego Maradona. Y sucederá con Lionel Messi.
Dentro de algunas décadas, cuando alguien repase las estadísticas de las Copas del Mundo, creerá que hubo un error. Descubrirá que un mismo futbolista fue el máximo goleador de la historia, el máximo asistidor, el jugador con más partidos, el que más veces convirtió en fases eliminatorias, el líder de una generación irrepetible y, además, campeón del mundo. Pensará que es imposible reunir semejante cantidad de logros en una sola carrera.
Pero nosotros tuvimos el privilegio de verlo.
Lo extraordinario de Messi no son únicamente sus números. Es la naturalidad con la que los consigue. Nunca necesitó levantar la voz para convertirse en líder. Nunca buscó ser el protagonista excluyente. Su grandeza siempre estuvo acompañada por una humildad que lo volvió aún más inmenso.
Cada partido parece agregar un capítulo nuevo a una obra que ya era perfecta. Cuando parece que no quedan récords por romper, aparece otro. Cuando parece que ya vimos todo, vuelve a sorprender. Hace goles, los fabrica para sus compañeros, ordena al equipo, transmite serenidad y, cuando la historia lo exige, asume la responsabilidad como pocos en la historia del fútbol.
Quizás dentro de cincuenta años sea mucho más sencillo explicar quién fue Lionel Messi. Habrá libros, documentales y archivos interminables. Los historiadores tendrán distancia para analizar su impacto. Nosotros no tenemos esa ventaja.
Nos toca algo mucho mejor.
Nos toca vivirlo.
Y algún día, cuando alguien pregunte cómo era ver jugar al mejor futbolista de todos los tiempos, podremos responder con el orgullo de haber sido testigos privilegiados de una leyenda que todavía sigue escribiendo la historia.