Brasil 2014: aquel 9 de julio en el que Chiquito se hizo gigante y Argentina celebró algo más que el día de la Independencia

Siempre en el recuerdo: luego del empate en cero, la selección nacional derrotó a Holanda en los penales, con Romero como figura, y se clasificó una vez más a la final de un Mundial.
Publicado: 23/07/2020

El reloj marcaba que los 90 minutos reglamentarios ya se habían acabado. Comenzaba a jugarse el descuento cuando Robben ingresó al área a pura gambeta. Miles y miles de camisetas naranjas se pusieron de pie y prepararon sus gargantas creyendo que algo estaba a punto de ocurrir. Sin embargo apareció un botín inesperado: ese era el de Javier Mascherano, que dio hasta el último suspiro para cerrar justo a tiempo lo que podría haber sido el gol de la victoria holandesa.

El transcurso del encuentro correspondiente a la Semifinal del Mundial de Brasil 2014 entre Argentina y Holanda no tuvo demasiadas emociones. Un cabezazo desviado de Garay y una acción que terminó con una definición de Gonzalo Higuaín a centímetros de palo derecho, fueron las jugadas más peligrosas que había presenciado el estadio Arena Corinthians de San Pablo hasta el final del complemento.

El alargue tampoco fue definitorio. Rodrigo Palacio y Maxi Rodríguez tuvieron sus chances sin final feliz y los penales ya eran inevitables. Por eso, el pitazo que lanzó el árbitro una vez que los 120 minutos se acabaron, decretó que ese 9 de julio terminaría con una tanda de penales. Por esta vez, en ese año, la celebración del Día de la Independencia quedaría en un segundo plano.

En Brasil las tribunas explotaban. En Argentina, cada bar y cada casa era puro nerviosismo. Incertidumbre que se fue apaciguando rápidamente tras el primer penal: Vlaar impactó la pelota con la cara interna del botín y eligió el palo derecho de Sergio Romero. El arquero acertó, estiró su guante y la desvió.

El tiro inicial del equipo de Sabella fue el de Lionel Messi, que le pegó de zurda, a colocar, contra el palo derecho de un arquero lanzado hacia el lado contrario: 1-0. También de zurda, Arjen Robben cruzó el remate y esta vez engañó a Romero.

Ezequiel Garay fue el segundo y no dudó: le hizo un monumento a su fuerza y reventó el arco de un derechazo. Luego el experimentado Wesley Sneijder debía convertir para igualar la serie con un penal más, pero Chiquito volvió a hacerse gigante: se lanzó con las manos firmes a su derecha, desvió la pelota y se golpeó el pecho. Una, dos, tres, cuántas veces. El escudo de la AFA recibía la palma del guante una y otra vez y el público deliraba.

Agüero y Kuyt hicieron bien los deberes y después las cámaras se posaron en un solo rostro que representaba a otros millones: el de Maxi Rodríguez. El arquero Cillessen adivinó la dirección del tiro pero no pudo pararlo. La violencia del remate era la viva representación del sueño de volver a jugar una nueva final del Mundial. Por eso la pelota no se detuvo ante el cachetazo del 1. Y Argentina celebró…

 

 

Contexto
 

El Mundial de Brasil parecía el escenario perfecto para la Selección Argentina: competición organizada en país vecino, junto a miles de simpatizantes, y un Messi que llegaba con la madurez justa para hacerse cargo de un equipo ordenado como lo era el de Sabella. Lionel venía de su experiencia en Alemania y Sudáfrica e iba en busca de que la tercera sea la vencida.

 La Albiceleste había ganado los tres partidos de la Fase de Grupos (Bosnia, Irán y Nigeria) y había superado a Suiza y a Bélgica antes de medirse ante Holanda, partido que le daría el boleto a una nueva final en una Copa del Mundo.